El sueño de Boston

Ayer al despertar, ni siquiera me había dado tiempo a abrir del todo los ojos, ni mucho menos a leer el periódico, cuando ya tenía un mensaje de Lore en el teléfono “Che merda Boston”. Al principio no entendí nada, pensé en que se habría equivocado o que me estaba hablando de alguna conversación que habríamos tenido días atrás y que yo ahora no recordaba. Hasta que vi el periódico y me encontré con la noticia de los atentados. Inmediatamente entendí el mensaje de Lore y porque me lo enviaba a esas horas a las que sabe que, ni loca, estoy despierta.

Los actos terroristas, sí, son todos terribles e inhumanos, pero ¿por qué el maratón? Quizás la mayoría no entendáis el porque de tanta congoja por el hecho de que haya sido durante la celebración de este acto. Diréis, da lo mismo, es un acto terrorista igualmente condenable, lo mismo sea en un maratón, una estación de trenes o en un centro financiero. Y tenéis razón. Pero desde octubre de 2011 el maratón para mí no es lo mismo y si seguís este blog, seguramente para vosotros tampoco lo sea. (Estoy hablando de esto)

Una vez más recurro a uno de mis maratonianos preferidos para que os intente explicar, seguro que mejor que yo, el porque de esa congoja. Como siempre podéis leer el original en italiano en tagli.me

Grazie di nuovo a Tagli e grazie di nuovo al mio amato @Domenico Cerabona a chi voglio bene anche se si è dimenticato il mio compleanno.

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Correr el maratón de Boston es, creo, el verdadero sueño de cualquier amante de la maratón. Nueva York es el sueño de los guays, para poder así contárselo a los amigos inexpertos que no saben que para inscribirse basta pagar o ganar un sorteo. Los verdaderos corredores, sin embargo, sueñan con hacer la de Boston porque para inscribirte tienes que presentar una buena marca, aunque pagues.

Para muchos es una ocasión única en la vida, el maratón de los maratones: hay quién pasa años antes de conseguir hacer los 42.195 metros en un tiempo lo suficientemente bueno como para poder calificarse para Boston.
Precisamente por esto, como maratoniano, ayer me quedé bloqueado con la noticia del ataque a en la meta del maratón: me solidaricé inmediatamente, antes que con las víctimas, con los millones de personas a las que les han robado un sueño.

De hecho, es probable que quien haya sido el que ha llevado a cabo esta locura, más que a las personas quisiera golpear a uno de los símbolos más clásicos de los Estados Unidos y a la vez un lugar de encuentro de millones de corredores de todo el mundo llegados a Boston para cumplir un sueño.

Y además, el lugar en el que se han cometido las explosiones: la meta. La llegada de un maratón es casi un lugar sagrado, igual para todos, pero al mismo tiempo (cito las palabras de mi mejor amigo y también maratoniano) emocionante y personal, donde precisamente, para el que consigue hacer su “personal”, se realiza un deseo completamente subjetivo e individual.

Probablemente podría continuar horas explicando porque todo esto me parece absurdo, pero lo dejo aquí. Desde hoy tengo un motivo más para soñar en clasificarme para Boston.

Maratón de BostónEl momento de la explosión. La Repubblica.it

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Cuando la maratón entra en tu vida…

Cuando la maratón se convierte en tema de conversación de tus cenas, comidas y salidas nocturnas, cuando un sábado por la noche te tienes que ir pronto a casa porque todos tus amigos al día siguiente madrugan para correr 30 km, cuando tu chico te despierta un domingo a las 9 de la mañana para ir a correr al parque y empiezas a conocer los nombres de todos los récords mundiales, tienes que aceptarlo, desgraciadamente, el deporte ha entrado en tu vida, pasivamente claro.

Cuando además eres lo más “floho” que se despacha y por tu armario non han pasado unas zapatillas de deporte desde que ibas al instituto, la cosa empieza a ser dramática. Pero todo este sufrimiento y odio hacia todos los cuerpos sanos y deportivos que rodean tu vida queda compensado cuando ves a uno de esos cuerpos atravesar la línea de meta. Ya me pasó en Trieste cuando vi llegar a Dome. Mis ojillos, generalmente pasivos ante cualquier evento de este tipo, se humedecieron como con la comedia romántica más cursi.

Imaginaros por lo tanto, como estaban cuando vi llegar a Lore, (a mí Lore, como diría mi madre), yo, que me había chupado todos los entrenamientos de los domingos y que sabía lo que significaba esa maratón para él en esa ciudad tan importante en su vida. Más o menos como si hubiese corrido yo los 42 km, vaya.

Pero como yo no entiendo de datos técnicos, ni soy su mejor amigo con funciones de entrenador personal, ni iba a su lado en una bici naranja para echarle agua por la cabeza, dejo hablar al experto.

Los 42 km de Lore en Lyon, por Domenico Cerabona

Original en italiano

Para mí este post es una obligación, una promesa o mejor dicho, un acto de humildad. Cuando Clara me pidió que escribiera sobre “la maratón” y en particular sobre la “Maratón de Lore”, le confesé que no me sentía en grado de hacerlo. Principalmente porque es muy difícil intentar contar una maratón a alguien que no la ha corrido nunca; escritores profesionales, artistas increíbles, lo han intentado y no siempre han sido capaces, por ejemplo, Haruki Murakami escribió, lo que para mí es una obra de arte, “What I talk about when I talk about running”, sin embargo muchos de mis amigos maratonianos lo han encontrado aburrido y poco interesante… Por lo tanto, ¿cómo podría yo conseguirlo si escritores mejores que yo han fallado? Y sobre todo, ¿cómo puedo escribir sobre la maratón de mi mejor amigo, más que un hermano, sin ponerme cursi y melodramático? Pues bien, estás eran mis dudas, dudas que Clara ha disipado diciéndome: “ouuuuuuu devi scriverlo”. Por lo tanto, aquí estoy.

Decía, es difícil describirle una maratón a quién no haya corrido una, quizás la cosa más fácil sea empezar por el principio. La maratón son 42 Km con 195m, ni uno más ni uno menos. Muchos preguntan habitualmente: “¿Pero has corrido la maratón de Nueva York?” Como si la de la Gran Manzana tuviera algo de especial más allá del paisaje. Pues bien, queridos amigos, no. La de NYC es una maratón espectacular, que todos soñamos con correr porque tiene encanto, pero la distancia a recorrer es siempre la misma maldita distancia, en Nueva York o en cualquier otra ciudad de mundo. Y sobre todo, la maratón tiene una sola distancia, esa, no hay maratones más cortos o más largos; a menudo oyes decir: “ayer corrí una maratón”, “En serio”, ¿cuánto tardaste?”, “mah, una hora…” Ve tú a explicarle que la carrera de 5km organizada el domingo por la tarde por la parroquia del barrio, no es una maratón sino una simple carrera…

Pero no divaguemos, volvamos al maratón. Otra cosa que es necesario saber es que la corras en 2.03.38 (nuevo récord del mundo), o la corras en 4 horas (tiempo en el cual la mayor parte de los aficionados maratonianos hacen en las grandes maratones internacionales) cuando llegas alrededor del kilómetro 35; aparece eso que llaman “el muro”, tu cuerpo te dice solo una cosa: “Basta, yo no corro más”. En este punto entran miles de factores que te pueden hacer llegar a la meta o parar en seco, sin ser capaz de dar un solo paso más. He experimentado esta sensación en Pádua, en el kilómetro 38 simplemente no era capaz de seguir hacia delante; y no hay modo de conseguirlo por mucho que pueda parecer absurdo que después de haber corrido 38 kilómetros no seas capaz de correr otros 4.

Después de esta descripción podréis preguntaros que es lo que lleva a millones de personas en todo el mundo a afrontar este tipo de sufrimiento. Yo os puedo decir solo mi opinión personal. Corrí la primera maratón por mérito de Stefano Baldini, el blanco más rápido de la historia, héroe nacional desde que en el 2004 ganara la Maratón Olímpica de Atenas; incluso mi madre, notablemente desinteresada por el deporte, se sorprendió llena de lágrima después de aquella hazaña: junto a la victoria del Mundial de fútbol de 2006 la mayor emoción que me haya jamás dado un evento deportivo. Desde aquel momento decidí que tarde o temprano correría un maratón.

Después de algunos años lo hice, en el 2009 e desde entonces prácticamente no he parado de correr. Es algo que es difícil de explicar, pero la conciencia que se consigue afrontando un esfuerzo similar transciende a la comprensión humana, desde mi punto de vista. El hecho de ser catapultado en un mundo en el cual la única cosa que te parece importante es dar otro paso te hace que todo lo demás esté clarísimo. De hecho, difícilmente oiréis a alguno que haya corrido solo UN maratón, una vez se empieza, se para solo por una lesión y solo si es grave, hay gente que conozco que corre a pesar de que toda la comunidad médica mundial se lo haya desaconsejado.

El bueno de nuestro Lore es el clásico “aficionado dominguero” transformado en maratoniano. Recuerdo claramente cuando hace menos de dos años, juraba: “No Dome, en esto no me vas a convencer, no correré nunca una maratón”… Y debo confesar, que verlo llegar a la meta de la de Turín en noviembre del año pasado ha sido una de las mayores satisfacciones de mi vida y creía que, difícilmente, Lore habría conseguido emocionarme más; sin embargo con esta hazaña lionesa me ha realmente sorprendido. Porque la primera maratón la había preparada y corrida un poco inconscientemente, con el espíritu de Coubertain, “lo importante es terminar”. Esta vez, por el contrario, tenía un objetivo, hacerla en 3 horas y 30 minutos, un objetivo que muchos que corren desde hace años no han conseguido nunca. Y me ha sorprendido realmente el coraje con el que ha conseguido su objetivo: estaba con él en los últimos km y lo he visto llegar a la crisis, inevitable, en el kilómetro 35. Como decía, basta muy poco para bloquearse, ralentizar o dejar de correr. La energía, un aspecto del carácter de Lore, no la había visto nunca así de fuerte, no paró, me emocionó como si fuera yo el que la estuviera corriendo. Y debo confesar que me sentí aliviado cuando fue él el primero (por poco) en llorar, me habría sentido un verdadero idiota si hubiera sido yo, el que no había corrido el maratón, el que se conmoviera por la llegada.

Debo añadir además, que en un relato sobre maratones, leí una frase iluminadora: “Sirve un pueblo para recuperarse de un maratón”. En el sentido de que entre los muchos factores que ayudan para no tirar la toalla cuando llega la crisis, es saber que tienes el apoyo de las personas a las que quieres y quizás este sea el aspecto más importante. Y creo que fue fundamental en este caso específico, el “clan” que durante todo el fin de semana estuvo cercano a Lore fue realmente grandioso y visto que soy yo quién escribe y no él, me permito agradecérselo personalmente uno por uno: Clara, Estelle, Silvia, Valeria, Mathieu, Michele y Ricardo. Un ejemplo entre tantos, en el kilómetro 41, justo antes de la recta final, hay un paso subterráneo con una cuesta realmente maldita: yo que la había pasado primero con la bici para ir a buscarlo, estaba preocupadísimo. Pero cuando llegábamos al puente vimos tres banderas: una francesa, una occitana y una italiana y a los pazzi scatenati que gritaban en equipo: eran los fans de Lore. Y mientras los demás corredores se “paraban” en la cuesta, Lore sprintó superándola y llegando hasta el final. Estoy casi seguro de que son esas banderas y sin los que gritaban no habría sido capaz de llegar en 3 horas, 30 minutos y 42 segundos.

Lore y Dome y un señor saludando a sus fans.

 

Preparándonos para el momento.

La salita maledetta.

Reunión de equipo.