Pedro Santana, por Blanca Valls

Por un día 4ºpiano traspasa las fronteras italianas y las traspasa mucho para irse a Pedro Santana, pueblo de la República Dominicana, (creo que pueblo es una palabra muy grande para este sitio)

Allí, Blanca, una de las personas que lleva más tiempo soportándome en esta vida y una de las que yo más quiero, ha pasado un mes haciendo de medicucha, ayudando a las gentes del lugar y, conociéndola, haciéndose amiga de todo bicho viviente. El relato me ha parecido tan maravilloso y tan… de Blanca, que me ha costado mucho decidir como subirlo al blog. Al final he optado por subir solo la segunda parte, y dejar de lado el relato histórico, pero para curiosos, como siempre se puede encontrar entero aquí. La versión historiadora de Blanca, merece la pena.

Pedro Santana y sus cosas (II).

La historia de la República Dominicana sigue y sigue y no para. Es una historia que es un lío gigantísimo de gente que siempre acaba volviendo y que te explica por qué el país está como está y va por el camino que va, y parece que no avanza: políticos corruptos, la educación una necesidad en vías de extinción, complejos hoteleros que hacen ricos a los extranjeros… y un millón de cosas que hacen que te preguntes hacia dónde va el mundo. Pero yo no he venido a hablar de eso. Sino de cómo Pedro Santana, en 23 días, se ha quedado un cachito de mi para siempre.

Pedro Santana pertenece a la provincia de Elías Piña pero no es la capital de la provincia (ésa es Comendador). Está en la esquina del cuernecito ese que se escapa del país. Y Elías Piña, era en 2005 –y sigue siendo hoy en día- la provincia con mayor porcentaje de hogares en extrema pobreza del país.

Pero eso es sólo un dato que no nos dice nada de nada, ni de la vida ni de la gente que allí vive…

Allí, en ese rinconcito del mundo que hasta googlemaps destierra, viven unas 150 familias dignas de conocer. Allí, el techo de la mayoría de las casas no se junta con las paredes, el agua no es corriente (y algunos días ni siquiera es), no hay grifos, duchas o cisternas, y la luz es una cosa que viene y va al antojo de no se sabe qué. Allí, andar es para otra gente y todos van en “motor” –moto-, el deporte nacional es ver pelearse a unos gallos, las telenovelas las sigue hasta el último mono, se cree en las brujas y se le tiene miedo a los “indios” que quedan escondidos en los bosques. La banda sonora de cada segundo tiene ritmo de bachata o merengue, tener armas es lo más normal del mundo, se baila cada vez que se puede, el café sabe a gloria bendita bien dulce, hace un calor infinito, y llueve.

Casa amarilla, nuestra casa. Tendedero. Cuarto de baño y del gallo. El patio.


Los gallos y las cabras pasean por las calles, los sapos se cuelan en tu tanque de agua y las cucarachas tienen el tamaño de mi pie. Hay mosquitos e insectos de todos los tamaños y colores que son inmunes a los repelentes, y el agua de la lluvia te ayuda a fregar los platos. Los profesores no van a la escuela, y los niños saben lo que saben y nada más. El paisaje es una maravilla, se ven infinitas estrellas –o más-, el verde de los montes te dice si pertenecen a Haití o si son dominicanos, y las vacas son robadas de unas tierras a otras por desdichas del azar. Allí, trabajar es una carga que da la vida, hay hermanos que no tienen ningún apellido en común, tener hijos a los 14 no es raro, y parir en casa una rutina. El hospital es un lugar donde con tres diagnósticos se salva el mundo, y se salva. Los coches, 4×4 que se llaman “jeepetas”. La comida es arroz, habichuelas y pollo. También es plátano frito, guineo y yuca.

Nuestros niños jugando.

Allí, no hay paradas de autobús, hay un mercado los martes, las mujeres son doñas y los limoncillos las frutas favoritas de los niños. Pedro Santana es su gente, su cultura, su música, sus colmados (ultramarinos), sus costumbres feas y bonitas, es tener la puerta de la casa abierta, es ser motivo de conversación, es pasar mucho calor y rascarte las piernas porque te han acribillado los mosquitos. Es hablar con las mujeres y que todos te espíen a través de las ventanas. Es invitar y que te inviten a café, que te ayuden a limpiar el patio. Es buscar la sombra de un naranjo/limonero y respirar aire puro, cerveza Bohemia o Presidente. Es ron Brugal. Bailar mucho. Es enfadarse con sus formas y no entenderlos, y envidiar su no estrés ante la vida. Son muchas personas a las que quiero, un equipo de españoles a quienes además admiro, gente que te saluda desde las puertas de sus casas, un abuelo que te da un cinturón para poner orden. Subirte a un autobús a las cinco de la mañana y entrar en una fiesta de bachata y merengue, despertarte con el canto de los gallos, o una pelea de perros. Dormir bajo una mosquitera que deja que se cuelen los mosquitos, buscarlos con una linterna, tener un perro guardián y no poderlo tocar por miedo a lo que pueda contagiarte. Son dos niños entrando a todas horas en casa, esconder una radio bajo la cama, hacer cosquillas y pintar con colores. Jugar a la comba, a las cuatro esquinas, explicar las reglas de pañuelito, que nadie las entienda. Es hablar con un acento precioso y palabras raras. Es mucha vida.

Un autobús. En carretera.

Colmado de la Chunga.

Es un montón de cosas que hacen que quiera volver, que eche de menos. Que hacen que haya que explicarle al mundo que la República Dominicana es mucho más que un hotel con todo incluido en Punta Cana. Que la República Dominicana son muchos pueblos como Pedro Santana. Donde hay mucho por hacer y sobre todo, infinito por aprender y descubrir.

Bolo, nuestro perro guardián.

PS. Para quitarle un poquito de sentimentalismo al artículo y que no penséis que soy una cursi, os pongo una canción la mar de apañada de “El chaval bachata” que para vuestra información es un taco de famoso y buena gente, y coincidimos con él en el avión de Madrid a Santo Domingo. Y que no me hice su amiga pero lo vi.

3 pensamientos en “Pedro Santana, por Blanca Valls

  1. Blanca: ¡Gracias! No sólo por lo que has hecho este verano (que púdicamente omites en tu texto) sino por tu colaboración en este “4º Piano” de Clara, que leo con retraso a la vuelta de un viaje. Como tú misma dices, es imprescindible, casi un deber ético, dar a conocer la triste realidad de la R. Dominicana que se esconde tras su fachada turística, sus cantantes de éxito y sus beisbolistas líderes de las estadfísticas en las grandes ligas en USA (aunque esto último a los españoles nos importe bien poco).

    Aunque hace ya unos años que estuve por allí, de mis dos visitas al país salí literalmente horrorizado. No se trata sólo de que el lujo casi asiático de los privilegiados se exhiba a pocos centenares de metros de una pobreza extrema, ni de que una corrupción rampante infecte todos los niveles del sistema (no sólo político y administrativo, sino también judicial); a eso hay que añadir todavía una violencia policial tan monstruosa como impune (parece ser una herencia del trujillismo, pero lo cierto es que las estadísticas oficiales reflejaban, en un año de finales de los noventa, más de mil supuestos “delincuentes” muertos en “enfrentamientos” con las fuerzas policiales… que no habían sufrido una sola baja en ellos); así como un racismo más o menos soterrado pero profundísimo y mezclado con un odio casi irracional “al haitiano” (identificando “negro” y “haitiano”). Y todo eso en una democracia que, en niveles superestructurales, parece funcionar correctamente (hay libertad de expresión, sistema de partidos y elecciones aceptablemente limpias). La existencia de un sistema democrático y la cara amable que proporcionan las bellezas naturales y los ritmos caribeños ocultan una realidad que, en el interior del país, no es tan diferente -¡oh paradoja!- del Haití tan vituperado por los dominicanos (sólo que en Haití, por lo menos, no hay racismo). Me gustaría que desde mi esstancia las cosas hubieran cambiado en las dos presidencias de Leonel Fernández, pero soy escéptico; ¿podrías informarme?

    Un consejo a los seguidores del blog: no dejéis de leer el texto completo de Blanca, de pinchar los enlaces que incluye y de leer “La Fiesta del Cihvo” si no lo habéis hecho todavía. De la República Dominicana se podría decir lo que Gil de Biedma dijo de España en un célebre poema: que de todas las historias de la Historia la suya es sin duda la más triste porque acaba (¿siempre?) mal.

  2. ¡¡qué bueno leer este comentario!!
    Pues, es una pena pero no puedo decir que las cosas hayan mejorado. Ni el odio a los haitianos ha desaparecido (es tan evidente que asusta), ni los polícias han dejado de ser corruptos (de hecho un policía sería la última persona a la que acudiría en caso de necesidad), ni los políticos hacen nada por cambiar (el “síndico” de nuestro pueblo de 150 casas vive en la capital, los coches de las personas influyentes llevan una cartel gigante del partido de turno en los cristales, los políticos reparten comida por los pueblos y la gente se vuelve loca de alegría…). Leonel no se presenta a las siguientes elecciones (no puede) y parece que su partido no va de favorito, lo que a él le conviene porque pretende presentarse a las siguientes y ganar. No sé qué pasará en realidad ni si cambiará la cosa, pero esto no tiene muy buena pinta. Ojalá me equivoque.

    Muuuuchos besos desde Innsbruck, donde hace un frío que pela.

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